Redacción 
Llano 7 días 

Hay estudios que analizan este apetito de muchos que consumen y difunden videos e imágenes por internet .

El 16 de marzo pasado un ciudadano australiano disparó contra le gente que estaba en dos mezquitas en Christchurch (Nueva Zelanda) y retransmitió la matanza en vivo a través de Facebook. Transmitió durante 17 minutos a través de una cámara colocada en su cabeza.

Mientras los administradores de Facebook se apresuraban a borrar el video, lo que hicieron muchas personas en el mundo fue darle “compartir”. Así ayudaron a que el atacante satisficiera una de sus motivaciones: que se propagara. La red social no pudo eliminar rápidamente el video de su plataforma por la cantidad de gente difundiéndolo. “En las primeras veinticuatro horas eliminamos 1,5 millones de videos del ataque globalmente, de los cuales más de 1,2 millones se bloquearon al cargarse”, señaló Facebook públicamente.

Otra página en internet declaró que “hemos recibido un gran número de quejas por el hecho de que no permitiremos la transmisión del video”. La gente quería verlo. La gente quería compartirlo. La pregunta es ¿por qué ese apetito por ver violencia en internet? El New York Times cita un estudio de 2008 en el que Sue Tait, quien fue profesora de la Universidad de Canterbury en Christchurch, Nueva Zelanda, identificó cuatro “posturas de los espectadores”. Estaban los que percibían el sufrimiento expuesto como una fuente de estimulación, para quienes el terror y el impacto equivalían a una forma de placer.

Había espectadores que expresaban vulnerabilidad, tristeza o empatía. Había espectadores que decían que estaban viendo los videos con el fin de prepararse para algo —un despliegue, un empleo difícil— y creían que podrían insensibilizarse de forma provechosa.

Finalmente, había espectadores que parecían creer que lo que estaban haciendo era necesario, como un acto de valentía o hasta cierto punto contracultural —en contra de los medios, en contra de la censura— o para ser testigos de alguna suerte de verdad. Tait se dio cuenta de que algunos espectadores sentían un deseo de transmitirles ese trauma a otras personas, para poder tener con quién hablar sobre eso”.

Las plataformas principales de internet han invertido grandes cantidades de dinero y trabajo para eliminar contenido espantoso, y contratan a moderadores de contenido para identificar y eliminar el contenido ilegal y a menudo traumático.

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