Caudillismo

Caudillismo

Hablar de este fenómeno es incursionar en las honduras de los orígenes del Estado –Nación. Por ahora pensemos que el caudillismo se erige como la negación de todo pluralismo en el ejercicio del poder en una democracia; es la personificación del ideal o del sueño anhelado por una comunidad de intereses, sentimiento que se torna en irracionalidad cuando deriva en aventurerismo en la búsqueda de dicho ideal o en el cumplimiento de la profecía. Es el poder que se hace realidad, utilizando incluso cualquier estrategia legal o ilegal, convencional o no, para acceder y permanecer en su ejercicio, trasgrediendo lo que haya que trasgredir y cambiando lo que sea necesario para alcanzar su objetivo. Así las cosas, el Estado de Derecho y las instituciones son los primeros sacrificados, luego serán los opositores y contradictores  y después la sociedad  que se autoeliminará como tal para devenir en masa acrítica ante la locura reverencial de su líder o pastor.

El caudillismo tiene sus raíces en la fusión de tres procesos que heredan los rezagos del “Sistema Señorial Castellano” adoptado en nuestro medio: los grandes propietarios de tierra, el poder terrenal de la Iglesia Católica y el prestigio militar derivado del triunfo independentista. El proyecto de Estado Nación enfrentó la inestabilidad política por la preeminencia de estos tres factores sobre el interés general; las contradicciones suscitadas conducen irremediablemente a la confrontación del poder central con el espíritu regionalista insubordinado alimentado por los grandes propietarios, que hábilmente transfirieron a la esfera jurídico-política los elementos básicos de la obediencia, el temor y la sumisión; las armas garantizarán la imposición  del orden “constitucional” del vencedor, después de la guerra civil respectiva. Ingresamos a la modernidad por la puerta trasera,  presionados por el acontecer del mundo, con  una economía agroexportadora dependiente y una dirigencia reacia a los cambios sociales y políticos; las identidades partidistas se profesaban por tradiciones, lealtades y por fe más que  por convicción, el caudillo  era superior a los partidos y éstos casi que por inercia, transitaban de un bando a otro por voluntad personal de quien más alto vociferaba y alentaba a los copartidarios, incluso sin argumentos distintos a la demagogia. Si pasamos la página…  hoy, a dos siglos de las efemérides patrias,  ¿algo ha cambiado?

Contenido Relacionado