El enemigo interno

Colombia líquida

Hace algunos años, en medio de la febrilidad “macondiana” que nos embargaba, leí “Lo que lengua mortal decir no pudo” de Alfredo Iriarte. Entre líneas, el autor escribe para demostrar que el “realismo mágico” es una verdad objetiva, de a puño y contundente de nuestro devenir histórico. Para la muestra un botón: la década del sesenta fue -como pocas- de momentos difíciles, de dictaduras, guerras, avances científicos, de conquistas y de contraculturas.

Colombia transitaba por los caminos tortuosos de la reconciliación frentenacionalista, luego de la Violencia de los Cincuenta. Una democracia frágil, pactada por las elites bipartidistas como solución al cruel derramamiento de sangre en todo el territorio nacional, permitiría la alternancia en la presidencia de la república y el reparto burocrático milimétrico del Estado durante 16 años; así las cosas, no habían más opciones. Coincidió el momento con la Guerra Fría que nos llevó como peones, a participar de una confrontación entre dos modelos económicos, confrontación que implicó el realineamiento ideológico, político y militar por la “causa americana” contra la Revolución Cubana y la presencia soviética en estas latitudes.

La doctrina del “Enemigo Interno” adquiere su verdadera dimensión cuando todo aquello que se aparte o disienta de la política de defensa hemisférica será considerado un peligro potencial para la estabilidad del Estado. En otros términos, quien expresara inconformidad o desacuerdo sería tratado como insurgente; en consecuencia, en un mismo costal revolvían peras con manzanas: estudiantes, campesinos, sindicalistas, delincuentes, guerrilleros, el MRL, la ANAPO, todos atentaban contra la legitimidad de las instituciones y con represión, estados de excepción y consejos verbales de guerra se garantizaba la normalidad.

La democracia formal era el velo que cubría la tragedia de millones de compatriotas despojados, desplazados y asilados. Pero vino el narcotráfico que, con actores sociales emergentes implementó, el paramilitarismo, éste, funcional al modelo económico. Y sobrevino la hecatombe: el “Enemigo Interno” enloqueció a toda la sociedad y enfrentó a unos inocentes contra otros inocentes y nos incapacitó por las tercas cerrazones propias, a reconocer las razones ajenas. De todo este cortejo de soledad dan cuenta “El Otoño del Patriarca” y “El coronel no tiene quien le escriba”. Volvamos a leerlos para que la historia no se repita y evitemos más guerra y más muerte y desolación.

Contenido Relacionado