Elegía

Colombia líquida

Se cumplen treinta años del fallecimiento de Gilberto Molina, profesor de la Universidad Nacional y reconocido politólogo e intelectual, intérprete como pocos, de los acontecimientos que vivió el país en la época de las grandes encrucijadas políticas y sociales ocasionadas por la modernización económica y la industrialización, por allá a comienzos del siglo XX; supo con su sabiduría y ejemplo, incidir en la formación profesional de los jóvenes universitarios que tuvimos la fortuna de escucharle en sus cátedras de Historia y Teoría Política.

Recuerdo gratamente sus magníficas conferencias en el auditorio de la Facultad de Derecho, siempre abarrotado de estudiantes ávidos de conocer sus impresiones y criterios acerca del devenir nacional, alternando en no pocas veces con otro gran maestro:

Eduardo Umaña Luna. Sus argumentos, siempre acertados y concluyentes, se constituían en fuentes de primera mano para la comprensión de la historia contemporánea, especialmente la de aquellos años de la Revolución en Marcha, la Reacción Conservadora, la Violencia, la Dictadura y el Frente Nacional. De cómo se delineó el Estado de Derecho en Colombia con la impronta de López Pumarejo para responder a tiempos por demás agitados por los cambios que suscitaba el auge de la economía cafetera y su incidencia en la acumulación originaria de capital que le abriría las puertas a la sustitución de importaciones. Agudo observador del acontecer político nacional, compartió sus preocupaciones por los movimientos sociales y populares y las posibilidades de un socialismo democrático en Colombia. Con el don portentoso de la palabra cautivaba a quienes atendíamos con entusiasmo sus lecciones, compendiadas hoy en textos de referencia como “Las ideas Liberales en Colombia” y “Breviario de las Ideas políticas en Colombia”.

La primera imagen que tengo del maestro, me recrea su ingreso a pie a la universidad por la calle 45; por allí el profesor Molina llegaba a la Facultad de Derecho acompañado de su esposa, y los estudiantes en medio de sus afanes, se hacían a lado y lado de la vía, a manera de calle de honor, para saludarlo con aprecio y reverencia. De ese ritual fui testigo en dos o tres ocasiones más. Los años pasan, el país deambula sin horizonte y la esperanza se desgrana sin quien la coseche. Mucha falta nos hace el maestro.

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