Recocha

Miguel

El término se acuñaba hace algunos años a los partidos de fútbol en las barriadas populares, en los cuales, entre bromas y algarabía, con las reglas del juego reducidas al mínimo, se disfrutaba el paso del tiempo. Nada era serio.  

El “Covid-Friday” del día sin IVA parecía eso, una recocha: el gobierno nacional abriendo la economía; los alcaldes manteniendo el confinamiento y viendo cómo lo hecho en prevención durante tres meses se derrumbaba; el gremio de comerciantes, feliz por el “despegue” del sector; las grandes superficies, literalmente colapsadas por la avalancha de compradores y muchos ciudadanos, esa “inmensa minoría”, estupefacta ante la estupidez.  

La pandemia hizo en junio su agosto y rematará en julio. Y la comunidad internacional ironizando sobre nuestra condición de “cuarentena”. Da pena ajena. Más allá de la evaluación de la jornada que no deja de ser desafortunada en su programación, hay un principio de realidad que todos los días se repite hasta la saciedad: está nuestra solidaridad diluida en medio del consumismo “epimeteico”.  

Es absolutamente inaceptable que en las circunstancias tan difíciles que atravesamos con la amenaza del contagio y la tragedia golpeando nuestras puertas, la gente haya protagonizado un espectáculo tan absurdo; incluyendo al alto gobierno, seguramente atenazado por los grupos de presión, llámense bancos o gremios, que participaron del “circo romano” para deleitarse y frotarse las manos. Fuimos testigos y protagonistas de una transgresión irracional de las acciones convencionales más lógicas para la consecución de un fin, quizá el más sublime, que es la salvaguarda de la vida y la salud. 

 Parece que se nos han olvidado los derechos de solidaridad, de los pueblos y los colectivos, del ambiente sano y la paz, cuya exigibilidad está garantizada para superar el individualismo que se anida en las pautas de comportamiento social y que explica por sí solo escenas como la de aquel “viernes negro”.  

También podría concluirse que forma parte de nuestra comodidad personal no incluir a futuro, alternativas que ameriten sacrificios, esfuerzos o que impliquen algún grado de incertidumbre. Si es así, entonces, cuando la pandemia llegue a su fin, ojalá podamos decirle al mundo “de qué estamos hechos los colombianos… ¡ajua! 

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