Reforma política anticorrupción

La tramoya en la Cámara de Comercio

En la columna anterior se señaló cómo el sistema electoral es la génesis de la corrupción que agobia a Colombia. Y también que la reforma política debe ir de la mano con la electoral en la lucha contra ese terrible flagelo.  

Hoy día, ya es fácil visualizar cómo la financiación de las campañas políticas permeadas por el narcotráfico y el cartel de los contratistas, envilece la política, corrompe a sus actores, y sobre todo deslegitima el triunfo electoral. Desde el ascenso de Samper a la Presidencia de la República, gracias a los dólares del cartel de Cali, y a la dependencia del parlamento cuya Cámara tampoco vio el elefante, se enseñoreó el cinismo y la corrupción en las altas esferas de las ramas del poder público. 

 Por ejemplo, ¿quiénes y cómo llegan al Congreso, a las Asambleas y a los Concejos municipales, y cuántos períodos duran en ellos, sin dar oportunidad de renovación, a aspirantes comprometidos con los valores éticos y morales y de respeto profundo por el erario ya tan asaltado? ¿Cuál es la separación e independencia de poderes, si los une el clientelismo fino, y el intercambio familiar que casi siempre ha conducido a la impunidad y al ejercicio indecoroso de sus respectivas funciones? El tiempo se agota y es hora de concretar las reformas para corregir todos estos entuertos, que facilitan la falta de transparencia y rectitud en el desempeño de gran parte de quienes manejan sin pudor y vergüenza, los intereses públicos. 

 Ya es hora de que las reformas anunciadas tengan alguna esperanza en medio del trabajo sustraído por la pandemia, y que no solo actúe la sanción legal a los corruptos que de manera tan difícil llega, sino la sanción social que en muchos casos se ha convertido en cómplice con su silencio e indiferencia. Hasta los medios que denuncian escándalos, pero no realizan seguimientos para garantizar el éxito de sus buenas intenciones. 

Contenido Relacionado