Solidaridad

Colombia líquida

No quisiera ponerle adjetivos; tampoco desplegar teoría sociológica para su análisis. Para comenzar, simplemente advertir que como sociedad transitamos en medio de una crisis sin precedentes, cuyas consecuencias aún impredecibles requieren del alistamiento tanto institucional como del conjunto de la sociedad para la construcción del proyecto social que ha de venir pues sin lugar a dudas, el modelo económico establecido por R. Reagan y M.Tacher para Occidente, en primera instancia, hace aguas.

La pobreza alarmante ligada a las condiciones precarias de salud y a la informalidad del mercado laboral, el auge de las economías rentísticas y el deterioro ambiental, fueron condiciones preexistentes óptimas para el tránsito devastador de la pandemia en América Latina. Sumemos a la
lista la incompetencia algunos gobiernos para enfrentar la situación, incompetencia que ha sido sorteada con “llamados” a la solidaridad para llevar asistencia humanitaria a los sectores sociales más afectados por los confinamientos y por la misma enfermedad. “No es compartir las migajas de la mesa” dijo el Papa Francisco, ni donar lo que nos sobra o no nos sirve. Esa actitud seguramente de buena voluntad y “bien vista”, en última instancia genera mayor dependencia y profundiza la condición de marginalidad. La solidaridad significa cohesión, esfuerzo colectivo y convicción en las rutas a seguir en procura del bien común y del bienestar de la gente.

La pandemia nos desnudó e hizo evidentes nuestras falencias como sociedad y como nación; ahora corresponde a la dirigencia política y económica asumir la tarea de superar esos saldos en rojo, obrando en función de lo que nos ha de hacer dignos como pueblo y como seres humanos: una solidaridad resiliente que nos convoque a avanzar en la concepción y cristalización de un nuevo proyecto social y político de país que haga plausible la convivencia, la justicia con equidad, la realización personal y colectiva y particularmente, la reconciliación con el medio ambiente, principal desafío que nos impone compromisos a corto plazo y de largo aliento. Asumir la cultura como el principal adhesivo que identifique nuestra singularidad en la diversidad y profesar las ciudadanías como el valor más preciado en el ejercicio de la vida pública, especialmente en la definición de los derroteros que nos permitan dejar atrás estos momentos aciagos de violencia, tragedia e incertidumbre.

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