Lleva casi 17 años buscando a su hija

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Manolo Torres

Periodista

 

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Amparo Buzato es una de las madres buscadoras que hay en el Meta. Su primogénita fue otra de las víctimas de desaparición forzada durante el conflicto armado

Ya han pasado 16 años, 11 meses y 3 días desde que la joven Suly Flasmín Camelo Buzato desapareció en el municipio de Charras en el departamento del Guaviare. Los tiempos han cambiado y algunas zonas de los Llanos Orientales recuperaron su tranquilidad.

Sin embargo, para Amparo Buzato, madre de Suly, el recuerdo de la guerra se mantiene intacto. Cada golpeteo en las manecillas del reloj parece un disparo que retumba nuevamente en su memoria. Cada día es una nueva esperanza para esta mujer, quien sigue sin rendirse en esta búsqueda que parece interminable.

Aunque la noticia sobre la desaparición de su hija le causó un dolor incomparable, la mujer ha sabido curar sus heridas y su fe no ha podido ser derrotada por los obstáculos que encuentra a diario en medio de sus tareas investigativas.

No ha recibido mayores avances por parte de las autoridades competentes, por ende, ella es quien ha recorrido las zonas rurales del Guaviare y del Meta, buscando a su hija o en el peor de los casos los restos de su cuerpo.

“Todo lo que sé de ella fue porque yo fui y me metí al caserío con un cuaderno”, relató Amparo, quien también agrega que cuando la invitaban a las jornadas de exhumación, además de participar, salía a hacer sus propias investigaciones de campo y examinaba los lugares donde posiblemente podría haber estado su hija Suly Flasmín.

A través de estos años, Amparo ha recibido todo tipo de datos y ha hablado con una gran cantidad de gente intentando hallar alguna respuesta del paradero de su hija.

Aún tiene presente el momento en el que recibió la noticia, aquel 18 de septiembre del año 2002. Cuenta que su hija Suly tenía 28 años y 8 meses de gestación cuando fue asesinada. Ese día la llamaron y le dijeron que a Suly la habían asesinado. Por fortuna, los ciudadanos lograron subir a su nieta Tania a un árbol y así la salvaron. Tal parece que los hechos ocurrieron en medio de un enfrentamiento de actores armados.

Aunque Tania logró salvarse, ella nunca se recuperó de la desaparición de su madre. Amparo se lamenta sobre esto, indica que su nieta vive triste y resentida; carga en su pecho una infinita amargura que no la deja sonreír. Nunca ha querido asistir a los talleres de reparación y cuando era niña no quiso hablar mucho sobre el tema. Actualmente tiene 27 años y vive en Bogotá, alejada de los vestigios de la guerra en el Meta y Guaviare.

“Usted entiende ese dolor tan grande que causa una desaparición en una familia, se daña el contexto familiar, se siente el vacío. El núcleo familiar ya no es el mismo”, subrayó Buzato mientras se le corta la voz al recordar todo lo sufrido por culpa de las consecuencias de la guerra.

Ahora, Amparo hace parte de las actividades y junto a otros grupos de víctimas trabajan por la reparación integral en el departamento del Meta, e invita a otras madres y padres a no desfallecer y a seguir buscando con ahínco a sus familiares.

La región metense tiene un largo historial en cuanto a casos de desaparición forzada. Según las cifras de la Unidad de Víctimas en el Meta las víctimas directas de desaparición forzada son 3.473 y las indirectas son 9.996. Por otra parte, el número de desaparecidos en la comunidad LGBTI es de 3, en gitanos o rrom es de 20, en indígenas es de 100 y en afros es de 183.

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