Juan Fernando Alzate
Periodista

Es uno de los divulgadores más conocidos de la región, pero dice que ya se cansó de luchar por defender el patrimonio

En alguna línea debió estar escrito que Óscar Pabón nacería en Villavicencio en 1955 y que tendría para toda su vida grabado el recuerdo de los paseos familiares a Cristo Rey. Eso estaba escrito, porque no se explica de otra manera el sentimiento de pertenencia que Pabón ha expresado durante tanto tiempo por esta ciudad.

La Villavicencio de su niñez tenía abiertos espacios que hoy parecen territorios ajenos o, al menos, olvidados. El balneario al que iba con sus amigos era el río Guatiquía, y el barrio de su infancia es el Villa Julia. Aprendió a valorar los recuerdos y a indagar gracias a su abuela Bibiana Hernández de Pabón. “Mientras yo le peinaba el poco cabello que tenía, ella me contaba historias de cómo había llegado de Cáqueza a Villavicencio”, recuerda.

En los inicios de bachillerato pasó por varios colegios, hasta que perdió dos años seguidos y tuvo que trabajar en una ferretería que se llamaba ‘El centavo menos’. “Vendía desde tachuelas hasta alambre de púas”, cuenta. Volvió a estudiar en la jornada nocturna de La Salle y fue parte de la primera promoción nocturna que se graduó en aquel colegio.

Estudió un técnico administrativo en el Sena e ingresó a la Unillanos en 1977 a trabajar como auxiliar de almacén. “Tengo el honor de que ayudé a trasladar la Unillanos desde el Inem hasta la sede Barcelona”, cuenta. Aprendió a bailar joropo cuando ingresó al grupo de danza folclórica de Cofrem. Y fortaleció sus conocimientos de la región en las tertulias que Jairo Ruíz Churión organizaba en su casa del recién fundado barrio La Campiña, en la que tomaban aguardiente, hablaban del Llano y escuchaban música llanera. “Fue una universidad para mí”, dice.

En aquel grupo estaban también Álvaro Coronell Mancipe, Rafael Mojica García, Nancy Espinel, Lauro López y Gonzalo Lizarazo.
Fue uno de los fundadores de la FAFO y director de la Casa de la Cultura.

Pero ahora dice que está cansado de luchar por la recuperación del patrimonio. La gota que rebosó la copa fue la intervención de la casa Latorre, frente al parque Infantil. “Se me acabaron las fuerzas espirituales porque me dio mucho dolor”, concluye.

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